Este es el título de la última pieza teatral escrita por Molière, que al parecer era bastantepoco amigo de los médicos de su época, a los que ridiculizó en varias ocasiones, como en su anterior obra el médico a palos. En ambas, bajo el fondo de una trama de enredos y situaciones cómicas, se evidencia su profunda animadversión a estos profesionales, seguramente por experiencia propia. La medicina de la época no era ni muy sutil ni muy acertada: a poco que se complicara el cuadro clínico, se usaban sangrías, emplastes y enemas que sin duda emporaban la maltrecha salud de los desdichados pacientes. Como dato curioso, poco después de su estreno Molière fallecía a causa de la tuberculosis que padecía hace años. Aun así, dicen que se atribuyó su muerte al color amarillo de las ropas con las que vestía en escena, aunque este dato es dudoso; desde entonces, el mundo de la farándula atribuye a este color una funesta influencia, por lo que no lo veremos en ninguna representación posterior. En su enfermo imaginario, Moliere presenta a un sujeto que sufre de una enfermedad relativamente frecuente, la hipocondría o trastorno de ansiedad, cuyos casos se han incrementado tras la reciente pandemia y son causa de no pocas consultas y demandas de exploraciones complementarias innecesarias. A pesar de las molestias y suspicacia que este tipo de paciente nos provoca, hay que recordar que se trata de una afección psiquiátrica y que debe enfocarse en ese sentido. Más grave aún, aunque afortunadamente poco frecuente, es el llamado Síndrome de Münchhausen, que debe su nombre a un extravagante y divertido personaje de novela, el barón apellidado del mismo modo. Fue escrita a mediados del siglo XVII por el alemán Rudolf Raspe de modo algo precario y muy mejorada por su compatriota Gottfried Bürger, cuya versión es la que ha perdurado. Descrito como un mentiroso patológico, sus hazañas eran inverosímiles, como viajar montado en una bala de cañón, ir a la Luna volando o salir de arenas movedizas tirando de su propio cabello. Lo cierto es que existió por la misma época un auténtico barón, militar de renombre que combatió a los turcos y que dicen se indignaba al ver su nombre mezclado con tan cómicas historias. El Síndrome de Münchhausen fue descrito en 1951 por Richard Asher al observar varios casos de patologías inventadas, e incluso autolesiones, en sujetos que iban de hospital en hospital, buscando atención y cuidados por ese medio. Hoy día se denomina “trastorno facticio”, incluido en el DSM-V.Penosamente, esta afección puede ir más allá e implicar la agresión a otras personas, para reforzar la imagen de atento cuidador: en 1982, un pediatra inglés, Roy Meadow, describió lo que llamó Síndrome de Münchhausen “por poderes” en 19 niños cuyas madres inventaron síntomas y simularon signos, provocando así exámenes, ingresos y tratamientos innecesarios. Ante pacientes con discrepancias entre la sintomatología descrita y lo que se objetiva, es necesaria una cuidosa anamnesis, que incluya su entorno, y metódica exploración para distinguir de simulación o somatizaciones. La colaboración entre el médico clínico y el psiquiatra es aquí fundamental. Vemos como a veces el médico debe convertirse en detective, emulando a su colega de ficción, el famoso Sherlock Holmes, cuyo autor se inspiró, dicen, en la figura de unos de sus profesores de Medicina.
DR. JUAN JOSÉ BRETON GARCIA






