Las guerras son una constante en la historia de la humanidad, y seguirán ocurriendo hasta que se acepte universalmente que hay mejores formas de solucionar los conflictos. Constante ha sido asimismo la participación de los médicos, de gran relevancia y a menudo heroica, tratando de aliviar de alguna forma los sufrimientos de los combatientes y de la población civil, que desde el siglo XX se convierte en objetivo militar en los conflictos. Como una especie de contrapartida, la necesidad de tratar las graves lesiones que se producen en los conflictos armados ha contribuido no poco a hacer avanzar la medicina, desde tiempos inmemoriales. Hagamos un breve repaso: los mesopotámicos ya reconocieron que lavar una herida con una mezcla de cerveza y agua, así como que las manos del médico estuvieran limpias, evitaba infecciones y aceleraba la curación. Los ungüentos a base de miel de los antiguos egipcios, descritos en el papiro Ebers, tienen acción bactericida. Es bien conocida la habilidad de griegos y romanos para tratar diversas heridas, creando un instrumental muy sofisticado y especializado, como se puede apreciar en el Museo de Mérida. Este saber fue recogido en la Edad Media y desarrollado principalmente por los árabes, siendo notoria la figura de Abulcasis en el siglo X. Durante el Renacimiento se destaca la figura de Ambrosio Paré, en una Europa fragmentada e inmersa en prolongadas confrontaciones, como la Guerra de los Cien Años. El siglo de las luces trae importantes innovaciones, debiendo distinguir al escocés John Pringle, como “el padre de la medicina militar”, de gran influencia en España. El XIX es de grandes avances en medicina de guerra y se crean los primeros hospitales modernos, gracias a Florence Nightingale. En España, se publica en 1836 el Decreto Orgánico del Cuerpo de Sanidad Militar, integrando cirujanos, médicos y farmacéuticos y se imponen medidas higiénicas obligatorias en los ejércitos. A principios de la Primera Guerra Mundial se generaliza el uso de la férula de Thomas para heridas en miembros inferiores, método que se dice salvó cientos de miles de vidas. La cirugía plástica debe mucho a los médicos militares que trataban de paliar las graves quemaduras producidas por los incendios y gases tóxicos. El siglo XX ha visto los más sangrientos y crueles conflictos que la Humanidad ha vivido, con millones de muertos y heridos y tragedias a escala universal. Una notable contribución fue la del español Trueta, que en los años 30 desarrolla su “método oclusivo”, que aún se emplea. La transfusión se generalizó al descubrirse los grupos sanguíneos así como como los medios para su conservación. El aporte hidroelectrolítico y expansores del plasma conocieron su desarrollo en la II guerra mundial, y fue providencial el empleo de penicilina en los años 40. Más recientemente, en las guerras de Irak y Afganistán se descubrió el valor de los exoesqueletos de crustáceos como coagulante tópico. Resulta paradójico – y bastante triste – que el ser humano haga tantos esfuerzos en su afán destructor y crear nuevas armas, como los que emplea en reparar los daños causados por éstas, con desarrollo de técnicas y fármacos que tantas aplicaciones tienen en la práctica diaria de la medicina, pero que posiblemente pudieron alcanzarse por otra vía.
DR. JUAN JOSÉ BRETON GARCIA






