Isaac Asimov (1919-1992) fue un notable escritor de ciencia ficción y divulgador científico, muy apreciado por millones de lectores. Su contribución más conocida a las técnicas “robóticas”, como se denominaba a la Inteligencia Artificial (IA) en los años 60, fue la formulación de las “tres leyes de la robótica”; En síntesis, se trata de un programa que se insertaría en el cerebro de las máquinas inteligentes para evitar que éstas dañaran a los humanos por activa o pasiva, aun a costa de la propia supervivencia del robot. Como en tantos precursores, la IA ha superado los conceptos de Asimov y otros científicos coetáneos. La IA se concretaba en una máquina antropomorfa, retratada en múltiples revistas de entretenimiento y películas de ciencia ficción, en las que solían aparecer con comportamiento siniestro. Lejos de ser sólo una anticipación paracientífica, al estilo de Julio Verne, Asimov fue un visionario, no tanto en describir con exactitud los avances tecnológicos, sino en plantear sus desafíos y problemas éticos. En el terreno de la medicina, ya hemos dedicado un breve comentario sobre IA, que va a imponerse en éste y otros ámbitos. Es innegable su valor para alcanzar la máxima eficiencia en los métodos de diagnóstico, terapias personalizadas, cirugía y telemedicina y un largo etcétera. Pero la inconmensurable velocidad de su desarrollo alienta a profundizar en las cuestiones que recientemente se van planteando. Repasemos: la IA se define como la capacidad de las máquinas para simular habilidades cognitivas humanas como razonar, aprender, planificar y crear. En esta definición, a simple vista, falta el factor emocional, siendo éste el motor de la mayoría de nuestra decisiones, desde adquirir un automóvil hasta para buscar pareja. Además, en el terreno sanitario, se indica por algunos que la IA “generativa” – capaz de crear modelos y supuestos nuevos a partir de ingentes datos- está desplazando al médico como el único intermediario del conocimiento. Por ejemplo, la aplicación NAV29 se ha diseñado para que los pacientes gestionen su propia información y tomen decisiones informadas sobre su salud. Es alarmante (porque quizá sea cierto en parte) que en su Web se diga “Nos dan informes médicos que no entendemos, pruebas que no están explicadas”. Enseguida aparecen objeciones evidentes: ¿Es razonable dictar a un abogado o arquitecto a partir de un software de este tipo las directrices para llevar un pleito o edificar una casa? Más bien se solicitaría el consejo de un profesional. En la euforia de las virtudes de la IA (que las tiene, y muchas) de echa de menos el aporte del conocimiento, experiencia, empatía, manejo de datos de exploración y complementarios, que son la base de nuestra actividad profesional y que, por ahora, necesitan para desarrollarse un periodo de formación de al menos 10 años para cualquier especialidad. Y que además, llevará el sello de nuestra propia personalidad a la hora de ejercer. Las presiones de mercado de grandes compañías quizá estén dando la impresión de que ejercer la medicina está al alcance de todos. Se especula con que en un futuro lejano, la IA nos proporcione capacidad regenerativa ilimitada, bioprótesis y se cree una sociedad de centenarios o milenarios gobernada por una Inteligencia planetaria, pero ¿será una sociedad más justa y feliz? Experiencias con modelos animales sin depredadores y alimento en abundancia han resultado en ejemplares degenerados y extinciones, como comprobó el biólogo John Calhoum, lo que se confirmó por otros investigadores. Sin tratar de ser apocalípticos, ¿no habría que pensar, al modo de Asimov, en proporcionar a la IA, antes que sea tarde, unas reglas obligatorias de conducta, que evitaran un planteamiento frio y racional en áreas de conducta y relaciones humanas?
El pensamiento de este filósofo griego se puede resumir en que el ideal en la vida es la búsqueda del placer y evitar el dolor: de ahí procede ...
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