El exorcista

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1.    INTRODUCCIÓN

Quienes desvían la mirada del mal cometen el peor de los pecados

Proverbio judío

El presente artículo corresponde a un capítulo del libro “La marca del demonio”, editado y distribuido gratuitamente en la XXI Semana Internacional de Cine Fantástico de la Costa del Sol, dirigida por D. Julio Peces San Roman.

Siempre es una alegría recibir la llamada de Julio Peces para participar en la Semana Internacional de Cine Fantástico de la Costa del Sol, especialmente en la edición XXI de este complicado 2020. Sigue siendo una ocasión garantizada para disfrutar del séptimo arte con viejos y nuevos amigos mejorando, además, de forma lúdica la salud mental de los asistentes. Y, aun sabiendo todo lo bueno que aguarda tanto a participantes como espectadores, he de reconocer que cuando conocí el título de la película protagonista de esta edición la sensación no fue de las más agradables.

El caso es que allá por 2012. cuando recibí la primera invitación para colaborar con la Semana Internacional hablando del Bien y el Mal a propósito de El extraño caso del Dr. Jekyll y el Sr. Hyde, indiqué que temas tales como Dios, el diablo o el mal moral era mejor hablarlos con mayor profundidad en foros más autorizados. Y así se hizo aquel año, pero me temo que en esta ocasión va a resultar imposible evitarlo. La película de El exorcista obliga necesariamente a entrar en estos temas y, Dios quiera —¡nunca mejor dicho! — que sea para bien.

Este 8 de marzo de 2020 ha fallecido Max Von Sydow, uno de sus protagonistas y es una buena oportunidad para revisar la película. Pero si queremos hacernos una idea de cómo es el filme que nos ocupa, valga como ejemplo que en el pase previo al estreno realizado para cinco ejecutivos de la Warner Brothers Pictures —con guarda de seguridad en la puerta para evitar filtraciones—, se llegó a barajar la posibilidad de no distribuirla. Al finalizar la proyección algún alto directivo de la compañía consideraba que lo mejor era dejarla olvidada para siempre. Hubo disparidad de criterios, pero como “Poderoso caballero es Don Dinero, y no es fácil dar por perdidos doce millones de dólares de la época, se decidió estrenarla el 26 de diciembre de 1973. Y hay que reconocer que desde el punto de vista económico fue todo un acierto.

En una semana de exhibición sólo en los EE.UU. ya había recuperado la sexta parte de lo invertido y, con el tiempo, llegó a multiplicar por diez las ganancias obtenidas de la obra más exitosa de la compañía hasta entonces, el inolvidable musical My Fair Lady (1964) de George Cukor con Rex Harrison interpretando al duro profesor Henry Higgins y Audrey Hepburn como la sorprendente Eliza Doolitle.

El exorcista recaudó más de cuarenta veces la inversión inicial. Las ganancias fueron de unos 441.000.000 $, que en la actualidad equivaldría a cinco veces más, unos dos mil millones de dólares. Son cifras de niveles mareantes, y precisamente algo de eso fue también lo que ocurrió durante el estreno…

1.1  El estreno

Las proyecciones de la cinta se acompañaron de esperas de tres y cuatro horas para entrar, seguidas de todo tipo de comportamientos neuróticos en el público. Hubo desde desmayos a vómitos, pasando por chillidos, ataques de pánico, crisis psicógenas y conductas regresivas tales como esconderse bajo la butaca o huir de la sala. Incluso hubo una señora que llegó a demandar a la compañía Warner Bros. porque salió tan asustada a la calle que se cayó, con el triste resultado de una fractura de mandíbula.

Pero no todo el mundo reacciona igual; testigos oculares refieren que otros cientos de personas salían tan conmocionadas que permanecían agrupadas a la entrada del cine sin atreverse ni quererse ir a sus casas. Los propietarios de las salas no dejaron escapar la oportunidad de esta publicidad añadida y la fomentaron, colocando en la entrada ambulancias con camillas y el pertinente personal sanitario para atender a “las posibles urgencias”.

El resto de los países no fue ajeno a esta contagiosa histeria colectiva. Algunos cines de París entregaban con la entrada bolsas para el vómito al estilo de las que se reparten en los aviones. Eso me recuerda el triste efecto que se produjo en mi ánimo aquel día que, al acudir a mi trabajo como médico de hospital, encontré en la entrada a una persona repartiendo folletos con el anuncio de: “Cómo denunciar a su médico”. No es necesario apuntar que si en un restaurante me dieran el teléfono de una funeraria, con esa acción más que resolver el problema de una posible indigestión están contribuyendo a crearlo.

En Roma la noche del estreno la noticia fue que se desató una gran tormenta eléctrica y, en la iglesia vecina a la sala donde se exhibía la cinta, descargó un rayo destrozando una cruz del siglo XVI. En esta misma Ciudad eterna, pero más de cuarenta años después, concretamente el 16 de septiembre de 2016, fue donde falleció un sacerdote cuya película favorita era precisamente ésta. Hablamos del Padre Gabriele Amorth, famoso internacionalmente por los miles de exorcismos que realizó a lo largo de su vida.

En Londres la actriz que protagonizaba la versión teatral de la obra en el año 1975, la malograda Mary Ure, tras finalizar la representación y ya en su casa, ingirió una sobredosis de medicamentos con el triste desenlace de ser encontrada al día siguiente fallecida en su bañera.

¿Y qué ocurrió en España? Spain is different! Y aunque el estreno se produjo también en septiembre de ese 1975, que yo sepa, no sucedió nada fuera de lo normal. Calificada para mayores de dieciocho años en mi caso no tuve posibilidad alguna de verla, pues el que esto les escribe era entonces sólo un niño y, les reconozco, tampoco tenía el menor deseo de intentarlo. Unos años más tarde —siendo ya adolescente y todavía sin la edad mínima exigida— decidí verla durante las vacaciones en una típica reposición veraniega. Y por más que lo he intentado les puedo asegurar que no recuerdo absolutamente nada de la proyección, lo que quizás sea una clara muestra de un traumático shock emocional con resultado de un estado disociativo o, simplemente, que con los ojos cerrados y bajo la silla del cine de verano no pude ver gran cosa.

Lo que sí perdura en mi memoria fue la sorpresa de encontrarme allí con un compañero del instituto, conocido entre la pandilla de amigos por su “alergia” y proverbial miedo a las películas del género. Hablando con él en el bar del cine me interesé por saber a qué se debía ese valeroso cambio de actitud. Aún puedo ver su cara sonreír guiñando un ojo, mientras decía en un susurro cómplice: “¡Calla, calla, que tengo una novia nueva que se asusta más que yo!”. Hábil estrategia digna de admiración y que en el caso de mi amigo se demostró altamente eficaz.

En fin, sea por la causa que sea conservo amnesia de aquella proyección, mientras que puedo recordar perfectamente otras películas de terror de aquella época que trataban temas si no iguales al menos relacionados. Recuerdo La profecía (1976), del director estadounidense Richard Donner. En este inquietante filme Gregory Peck y Lee Remick formaban el matrimonio Thorn, los padres de Damian, papel éste último a cargo del niño Harvey Stephens, quien con sólo seis años y una sonrisa angelical consiguió helarnos la sangre. También su banda sonora me impresionó vivamente, especialmente la turbadora canción en latín Ave Satani, compuesta por Jerry Goldsmith, quien gracias a ella obtuvo el único Oscar de su gran carrera. Confieso que esta película también fue causante de que ese verano examinara con aprensión y temor mis fotografías, temiendo descubrir en ellas alguna marca ominosa que anticipara una próxima muerte.

Otro filme que me sobresaltó fue La reencarnación de Peter Proud (1975) del director británico Jack Lee Thompson, con Michael Sarrazin y una joven Margot Kidder antes de convertirse en la novia de Supermán —por cierto, fue también Richard Donner quien en 1978 llevo a la gran pantalla Supermán, la película—. Con Peter Proud se desarrollan dos intrigas superpuestas y entremezcladas en el tiempo con un dramático desenlace. Puede que uno de los motivos para no haya podido olvidarla resida en el hecho fortuito de que el día de la proyección en el “Cine Avenida” de Estepona, el responsable confundió el orden de los rollos, por lo que los espectadores sufrimos un visionado con un resultado, cuando menos, desconcertante y surrealista.

Las dos vidas de Audrey Rose (1977), también con el tema de fondo de la reencarnación, guarda un sitio en mi memoria. Dirigida por el oscarizado Robert Wise (participante en películas tan emblemáticas como Ciudadano Kane, West Side Story o Sonrisas y lágrimas), fue la primera vez que reparé en un —para mí— desconocido actor cuya mirada y sonrisa glacial sería causa de angustias futuras. Hablamos de Anthony Hopkins, años antes de su despiadado Dr. Hannibal Lecter en El silencio de los corderos (1991). Para los interesados en esta última y recomendable obra, les recomiendo encarecidamente que revisen la película El Dragón rojo (2011) en la que aparece por primera vez este personaje. Está basada en la novela de igual título, también de Thomas Harris, publicada en 1981, siete años antes de su famosa secuela. Para los amantes del detalle les pido recuerden que El Dragón rojo en el capítulo 12 del Apocalipsis (último libro de la Biblia) se refiere al ángel caído, el demonio o Satanás.

1.2  El autor

Y hablando ya de novelas centrémonos en la de la película que nos ocupa. ¿Quién es el responsable tanto de la historia original, de la adaptación del guion e incluso participó en la producción? Hablamos de un joven y, hasta entonces, desconocido escritor llamado William Peter Blatty.

Nació en 1928 en la ciudad de Nueva York y es hijo de unos emigrantes libaneses. Menor de cinco hermanos, tanto ellos como la madre fueron abandonados por el padre cuando Willie tenía sólo tres años. Su infancia fue dura y tuvo que mudarse hasta veintiocho veces de domicilio pues, sin poder pagar el alquiler, cambiaban de casa cada vez que les desalojaban por impago. Y hay que reconocer que su valerosa madre a pesar de las dificultades que hubo de afrontar, sí se preocupó de conseguirles becas de estudio que le permitieron asistir a la escuela Brooklyn Preparatory y graduarse después en la Universidad de Georgetown, ambas pertenecientes a la Compañía de Jesús, que tanta importancia tendrá en nuestra historia. Tristemente la indómita señora falleció en 1967, antes de conocer que sus desvelos y sacrificios se verían coronados con el éxito internacional de su hijo.

Para los curiosos lectores que quieran conocer mejor la vida de Blatty, pueden leer su obra autobiográfica: I’ll tell them I remember you [Les diré que te recuerdo], plagada de anécdotas contadas de primera mano y en la que queda patente la admiración y cariño que sentía por su madre.

Tras licenciarse en Filología inglesa, Blatty hizo un máster en Literatura inglesa en la Universidad George Washington, compaginando sus estudios con trabajos tales como vendedor de aspiradoras, conductor de camiones de cerveza o expendedor de billetes de avión en una agencia de viajes. Al acabar decidió alistarse en las fuerzas aéreas estadounidenses, y allí llegó a ser jefe de la Subdivisión de Políticas de la U.S.A.F., División de Guerra Psicológica. Esta aventura le permitió ganarse más desahogadamente la vida y, como premio adicional, conocer la tierra de sus ancestros: el Líbano.

Estando destinado en Beirut conoció al arqueólogo británico Gerald Lankester Harding, alter ego del futuro Padre Lankester Merrin de nuestra obra y de quien utilizó hasta el propio nombre. Harding, director del Departamento de Antigüedades de Jordania, era reconocido mundialmente porque en 1948 encontró en las cuevas de Qumrán, excelentemente conservados, los célebres pergaminos del Mar Muerto. De hecho, El exorcista comienza con una excavación en Irak del Padre Merrin en la que se reencuentra con Pazuzu, rey demonio del viento entre los sumerios, con el que ya se había enfrentado anteriormente.

Durante su destino en Beirut escribió artículos en la prensa escrita, y a su regreso a los EE.UU. obtuvo el cargo de director de relaciones públicas en la Universidad Loyola de Los Ángeles, el cual posteriormente cambiaría por el de director de publicidad en la Universidad de California. Todavía nos encontramos en la década de los cincuenta y es entonces cuando en su vida sufre un golpe de suerte. En un concurso televisivo del inefable Groucho Marx ganó la respetable cantidad de diez mil dólares, por lo que por fin pudo dedicarse plenamente al sueño de ser escritor.

Inicialmente se decantó por el humor, y durante los sesenta escribió novelas como ¿Qué camino a la Meca, Jack? (1960). También entró en la industria cinematográfica, formando un buen equipo como guionista con el exitoso Blake Edwards. Fruto de esta colaboración son películas tan famosas como El nuevo caso del inspector Clouseau (1964), ¿Qué hiciste en la guerra Papi? (1966), Gunn (1967) o el musical Darling Lili (1970).

Obra suya es La novena configuración (1980), dirigida por el propio Blatty, basada en su novela Twinkle, twinkle killer Kane [Centellea, centellea asesino Kane]. Realizó también para la gran pantalla la adaptación de El último hombre vivo (1981), basada en la novela de Richard Matheson titulada Soy leyenda, con Charlton Heston como protagonista (los más jóvenes seguro que recuerdan mejor la versión del año 2007, con igual título y Will Smith en el papel principal); y dirigió El exorcista III, basada en su propia novela Legión (1990). Otras novelas suyas fueron Elsewhere [En otro lugar] (2009), Dimiter [traducida como Redención] (2010) y Crazy [Loco] (2010).

Aunque Willie, como a su madre le gustaba llamarle, alcanzó el éxito profesional, en su vida personal no fue tan dichoso. Intentó encontrar la felicidad en las parejas por lo que contrajo matrimonio hasta en cuatro ocasiones. Padre de siete hijos, sufrió la mayor desgracia posible, perder uno de ellos por una cardiopatía en 2006. Precisamente a él le dedicó en 2015 su última obra que llevaba por título: Finding Peter: A True Story of the Hand of Providence and Evidence of Life after Death [Encontrando a Peter: una historia verdadera de la mano de la Providencia y de la evidencia de vida después de la muerte]. Vemos que para Blatty el tema del sentido de la vida y del más allá es una constante recurrente en su obra. El 12 de enero de 2017 falleció a los 89 años en su casa de Bethesda, Washington, por un mieloma múltiple. Descanse en Paz.

En este breve repaso de su biografía ya hemos sabido de su éxito y reconocimiento internacionales. Pero si nos remontáramos a los años sesenta del pasado siglo, encontraríamos a un autor insatisfecho, pues había una historia que desde joven le había impresionado y que deseaba escribir para demostrar por primera vez y de forma creíble la existencia de inteligencias o espíritus demoníacos, sin explicación dentro de nuestro universo material. Como él mismo resumió: “Fue una peregrinación personal”.

1.3  La historia

El 20 de agosto de 1949 el diario The Washington Post publicó en su portada un caso llamativo acerca de un exorcismo que causó una gran impresión en un joven Blatty de apenas veintiún años. Era la historia de un adolescente de catorce años que vivía en el número 3.807 de la avenida 40 de Cottage City, en las afueras de Washington. Hijo único, algo mimado, estaba muy unido a su tía joven y soltera, que le inició en el uso del tablero de la Ouija para comunicarse con espíritus y muertos. La tía padecía esclerosis múltiple y, desgraciadamente, falleció el 26 de enero. Pero lo cierto es que incluso antes de su muerte ya sucedían acontecimientos inexplicables, extraños sucesos que después se irían agravando. Dentro de la casa se oían sonidos inquietantes tales como golpes o roces de uñas, y se veían moverse muebles sin causa aparente. Y lo peor no era eso, sino que el propio chico sufrió modificaciones del carácter, cambios drásticos en su conducta, llegando al insulto o a golpearse contra las paredes. En la piel de su cara y cuerpo aparecieron arañazos, y en algunos podían leerse palabras tales como “infierno” (hell) o “ayuda” (help).

En un intento de controlar tan inexplicables alteraciones el niño fue ingresado durante cuatro días en el hospital de la Universidad de Georgetown, pero, tras exhaustivos exámenes físicos y psicológicos, no se pudo encontrar ningún origen médico o psiquiátrico del cuadro. Sin haber podido establecerse un claro diagnóstico el chico fue remitido a su domicilio donde las cosas no hicieron sino empeorar.

Decepcionados con la ciencia médica, la familia acudió en demanda de ayuda de la iglesia a la que solían asistir. El pastor luterano responsable de la parroquia fue testigo de los sucesos anteriores y, viéndose también superado por la situación, les recomendó acudir a la Iglesia Católica, que es quien goza de mayor autoridad en temas relacionados con posesiones demoníacas. Y es así como, tras infructuosos intentos científicos y religiosos, les llega a los jesuitas el encargo de enfrentarse a unas circunstancias tan graves como desesperantes.

En la primera semana de marzo de 1949 la familia se trasladó a Missouri para realizar los ritos propios de un exorcismo. Durante más de un mes persistieron los misteriosos problemas. El chico hablaba con distintas voces, respondía en lenguas extrañas como el latín y aumentó su respuesta violenta desde el insulto a la agresión física, hiriendo con un muelle del somier a uno de los sacerdotes que le atendían. De forma brusca, el 18 de abril de 1949 todo volvió a la normalidad en el Hospital de los Hermanos Alexianos de San Luis. Fue después de finalizar la trigésima sesión cuando el chico dijo “Christus, Domini” (“Cristo, el Señor”) y se despertó sin poder recordar —menos mal— nada de lo que había sufrido en el tiempo previo.

Los hechos acaecidos entre el 15 de enero y el 18 de abril quedaron recogidos en un diario de veinticuatro páginas titulado “Estudio de los padres jesuitas”, del que llegaron a hacerse hasta cinco copias. Una de ellas quedó bajo el cuidado del Padre Eugene B. Gallagher, quien en otoño de ese mismo año daba clase en la Universidad de Georgetown de una asignatura sobre el Nuevo Testamento. Allí lo utilizó para explicar de forma actual a los alumnos los exorcismos que había practicado Jesucristo veinte siglos antes. Por cierto, ¿recuerdan Uds. quién era un joven estudiante en dicha Universidad?

Blatty supo que el exorcista del caso había sido el Padre William S. Bowdern y, al igual que la madre solía hacer con personajes famosos como el mismísimo presidente Franklin D. Roosvelt, le escribió personalmente solicitándole el diario. El sacerdote se lo denegó, no por su gusto, sino porque el Cardenal Joseph Ritter, a la sazón arzobispo de San Luis, no le autorizó a que lo hiciese público. En concreto, la respuesta del jesuita al futuro escritor fue:

«Creo que ayudaría a mucha gente si se supiera. Pero me es imposible. Puedo decirte, sin embargo, una cosa. Aquel caso era real. No me cupo ninguna duda entonces. No me cabe duda ahora»

Y aunque entonces no tuviera ocasión de leer el diario, sí pudo comentar con el Padre Bowdern detalles de lo acaecido durante el exorcismo. Éste sólo le puso una importante condición: si alguna vez escribía al respecto debía disfrazar cualquier dato que se refiriese a la persona real que lo había sufrido. De ahí el cambio en la novela de nombre, sexo, edad,raza y lugar de residencia del protagonista.

Para aquellos curiosos lectores que quieran saber cómo les fue la vida a los dos principales actores de tan extraordinarios acontecimientos, les diremos que el Padre Bowdern siguió como profesor, tanto en la escuela secundaria como en la Universidad de San Luis, y falleció en 1983 de muerte natural a los ochenta y seis años. Y el chico, involuntario protagonista de la sorprendente historia, después de aquellos increíbles acontecimientos disfrutó de una vida absolutamente normal, incluso ya de adulto trabajó para el gobierno estadounidense dentro de la N.A.S.A.

1.4  La novela

Blatty escribió El exorcista retirado en una cabaña en el lago Tahoe, en la frontera entre los estados de California y Nevada. Para entonces, ya había saboreado las mieles del éxito con los guiones cómicos en las películas de Blake Edwards, pero, en sus propias palabras, quería tener la experiencia de escribir “respetablemente”.

La novela se publicó en 1971 y se vendieron trece millones de ejemplares, lo que le hizo permanecer más de un año —cincuenta y siete semanas— en la lista de más vendidas y más de cuatro meses como número uno.

Este éxito no pasó desapercibido para las grandes compañías cinematográficas que volvieron con avidez sus ojos hacia la obra de nuestro autor…

1.5  La película

Cuando la Warner se interesó en comprarle los derechos de la novela, Blatty puso la condición de ser él quien hiciera el guión. Algo parecido haría cinco años más tarde Sylvester Stallone, exigiendo ser él quien interpretara al incombustible boxeador Rocky.

Pero nuestro autor fue más allá, insistió, además, en participar en el control de la producción. Y es que a pesar de sus creencias católicas quería un director agnóstico o ateo, pues su idea era conseguir que el filme fuera lo más realista posible. Y parece que lo consiguió, pues desde el inicio de la película, una excavación de Iraq, remeda enteramente un documental sobre arqueología.

Hay un dicho que sostiene que: “En Medicina lo más frecuente es lo más frecuente”, y era esperable que nuestro autor después del éxito literario sufriera los nervios de enfrentarse a la responsabilidad del guion. La ansiedad llegó al punto de no verse capaz de continuar con el proyecto, pero las “casualidades” fueron sucediéndose para que al final se pudiera realizar la obra tal cual hoy la conocemos. Dejemos que sea el propio Blatty quien nos explique la primera circunstancia extraordinaria con sus propias palabras:

«Tras publicar el libro, atrasé todo lo que pude el guion porque me entró el miedo de ser incapaz de hacerlo. Un buen día me llegó un sobre marrón, grande. Lo abrí y dentro encontré una carta de un monje del Hospital de los Hermanos Alexianos en San Luis. Me decía que había encontrado el manuscrito en la mesilla de noche de un hermano que acababa de morir. Había leído mi novela y pensó que me interesaría…».

El sobre incluía una fotocopia del célebre diario del exorcismo que le había sido imposible leer años atrás. Ése fue el empujón que necesitaba para realizar el guion con el que ganaría un Oscar.

Pero los primeros sorprendidos fueron los ejecutivos de la compañía, pues, ante los problemas que desde el primer día se produjeron en cada proyección, alguno llegó a preguntarse angustiado: “¿Los estamos poniendo malos con nuestra película?”. Y es que recordemos que en el principio ya había partidarios de que ni siquiera se hubiese estrenado.

Al final, lo cierto es que El exorcista superó con creces todas las expectativas. En 1974 obtuvo el premio Saturn de la Academia de películas de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror y, ese mismo año, tuvo el honor de ser la primera película de terror nominada para el Oscar a la mejor película, además de optar a premios en un total de diez categorías. De éstos sólo consiguió finalmente dos: el Oscar al Mejor Guion Adaptado, mérito de nuestro amigo Blatty, y el de Mejor Sonido, responsabilidad compartida por Robert Knudson y Chris Newman. Ésta escasa cosecha final, sólo dos de diez nominaciones, hizo exclamar a un enfadado Blatty:

«La Academia de Hollywood debería recoger sus bártulos y dedicarse a hacer pasteles de manzana o lo que sea que puedan hacer bien.»

Como contrapartida consiguió el premio a la Mejor película dramática en los Golden Globes, ganando además el de Mejor Director (William Friedkin), Mejor Actriz de Reparto (Linda Blair) y Mejor Guion adaptado (William Peter Blatty). El Chicago Sun Times le otorgó la máxima puntuación, cuatro estrellas, junto con la encarecida felicitación de su crítico Roger Ebert:

«El exorcista es una de las mejores películas de su tipo jamás hechas, no solo trasciende el género de terror, de horror y de lo sobrenatural, sino que los trasciende con esfuerzos serios y ambiciosos…»

Y ya en el año 2004 The New York Times la incluyó dentro de las mil mejores películas jamás filmadas. La también americana Time consideró en el año 2007 que era una de las veinticinco mejores películas de terror de todos los tiempos. Y apenas un año después, la revista británica de cine Empire consideraba que debía ser incluida entre las quinientas películas más grandes de la historia.

Pero ¿qué tiene esta película para obtener tanto reconocimiento?

En realidad, no quería ser una película de miedo más, y ya decíamos que buscaba transmitir autenticidad, realismo, ser como un documental sobre el mal en estado puro; por eso todo en ella está pensado para generar inquietud desde el inicio. Incluso el célebre cartel publicitario en el que se ve al padre Merrin llegando de noche a la casa está inspirado en el inquietante cuadro de Renné Magritte “El imperio de las luces”. En esta obra el pintor surrealista belga realiza una sorprendente composición en la que se combinan la noche y el día, generando una fascinante paradoja en la imposible unión de dos contrarios, en sutil anticipo de la lucha entre el bien y el mal, eje de la película.

Quizás convenga recordar que entre las alteraciones psicopatológicas que mayor inquietud generan encontramos las paratimias, consistentes en la unión de un estado de ánimo incongruente con una sensación o una acción determinada. A modo de ejemplo, da menos miedo oír a una persona muy alterada proferir amenazas de muerte agitando un cuchillo hacia nosotros, que el que se nos aproxime una persona tranquila y mirándonos fijamente, sonriendo, nos diga con voz calmada y cantarina: “Te voy a matar con este cuchillo…”. ¿Entienden ahora cuál fue la clave del éxito del Dr. Hannibal Lecter?

Este mismo efecto es en el que incide nuestra película al mostrar una casa, una familia y un ambiente muy normales, pero que esconden en su interior el mayor de los horrores. Las apacibles tomas otoñales de la ciudad de Washington en las que aparecen niños con sus disfraces de Halloween o la típica escena de una fiesta en la casa contrastan con la inesperada conducta anómala de la niña Regan MacNeil. Y este choque se acrecienta aún más notablemente en la versión extendida cuando baja por la escalera caminando de espaldas, sobre sus manos y pies, remedando a una araña.

Decíamos antes que se concatenaron una serie de casualidades para alcanzar el resultado final. Por ejemplo, en la selección de los actores Linda Blair ni siquiera había sido propuesta por su agencia para optar al papel de Regan y fue su madre quien personalmente fue a proponerla, superando a otras seiscientas chicas aspirantes.  

Algo similar le ocurrió a Ellen Burstyn, fue ella quien telefoneó a Friedkin y le dijo que ella estaba “destinada” al papel de Chris McNeil. Y el caso es que aunque había otras actrices elegidas con anterioridad se fueron descartando por distintos motivos. Audrey Hepburn vivía en Roma y quería que el rodaje se trasladase allí. Anne Bancroft recientemente embarazada pedía un aplazamiento de nueve meses hasta después del parto. Y la siempre reivindicativa Jane Fonda lo rechazó directamente porque consideraba que simplemente era “una estafa capitalista”.

Lo mismo ocurrió con el papel del Padre Karras. Inicialmente se había pensado en actores tan reconocidos como Jack Nicholson o Paul Newman, pero ¿qué sucedió? Friedkin, después de ver a Jason Miller actuar en el teatro, pidió hablar con él, en principio “sólo para asesoramiento sobre el tema del catolicismo”. Como el actor no conocía la novela le dejó un ejemplar, y cuando terminó su lectura le dijo al director con seguridad absoluta: «Ese tipo soy yo». Recordemos que Jason era católico desde la infancia y que, al igual que el Padre Karras al comienzo de la historia, experimentó una crisis personal de fe. Aunque ya habían apalabrado para el papel al actor Stacy Keach (Mike Hammer en la serie de igual nombre o Warden Henry Pope en Prison Break), tras hacerle una prueba llegaron a un acuerdo de rescisión con éste, y le dieron a Miller el papel.

Con quien hubo menos discusión fue con el recientemente desaparecido Max Von Sydow para el papel del Padre Merrin. También hubo acuerdo con Lee J.Cobb como el Teniente Kinderman, y para el papel del Padre Dyer fue Blatty quien presentó a Friedkin el jesuita Padre William O’Malley, y ambos coincidieron que era el idóneo para este  personaje.

Friedkin escogió a los actores griegos Titos Vandis como tío del Padre Karras y a Vasiliki Maliaros para interpretar a la madre, y también decidió que la actriz de teatro Kitty Winn representase el papel de la amiga Sharon Spencer.

Y es que el binomio formado por Blatty y Friedkin resultó al principio no sólo amistoso, sino eficaz. Ambos se habían elegido mutuamente, pero durante el rodaje fueron apareciendo motivos de fricción entre ellos. Y es que las técnicas experimentales del director fueron muy discutidas, pues no se lo pensaba mucho para lograr lo que quería obtener de sus actores.

En una escena en la que el Padre Karras tenía que aparecer aterrado frente a la niña, Friedkin disparó un petardo, sin previo aviso, que asustó verdaderamente a Jason Miller, con lo que logró la cara descompuesta deseada por el director. En la toma en la que Regan le vomita, que inicialmente iba a ser sobre el pecho, lo cambió para que fuese sobre la cara del actor, pero sin avisarle previamente. La genuina expresión de desagrado fue la que aparece en la pantalla.

En otra escena, casi al final, cuando el Padre Dyer absuelve al Padre Karras, tampoco estaba conforme con la actuación del primero y tras unas quince tomas desechadas, abofeteó al Padre O’Malley diciéndole: “Esta es la expresión que quería, ahora sí, ¡a filmar!”.

Durante los descansos de la grabación Friedkin hacía que se escuchara repetidamente la música de Psicosis. También hizo un uso inmisericorde de los arneses que utilizaron Linda Blair y Ellen Burstyn para los efectos de levitación o de los golpes. Fue tan duro que les hizo llorar de dolor y les provocó lesiones, superando en ambos casos lo éticamente admisible.

Para conseguir el efecto del aliento congelado en la habitación de Regan, instaló cuatro aires acondicionados que dejaba en funcionamiento toda la noche, logrando que en pleno verano neoyorkino hubiese una temperatura de cuarenta grados bajo cero. El frío era tan intenso que una mañana cuando llegaron al set del estudio se encontraron con que había nieve en su interior.

 Y pronto llegaron los desencuentros a los que hacíamos referencia. Friedkin consideraba que gran parte de las escenas del guion eran superfluas, rebuscadas, mientras que Blatty creía que eran fundamentales en el desarrollo de los personajes. Éste, por el contrario, le señalaba al primero que abusaba de los efectos especiales, con el agravante de que en aquel momento estaban muy lejos de los actuales. El desencuentro entre ambos fue a mayores y llegó a complicarse con temas muy personales, hasta el punto de que, el día del estreno, no quisieron ni sentarse juntos.

El paso del tiempo es curativo y ambos se reunieron, en noviembre de 2015, para colocar una placa en la escalera empinada del final de la calle Prospect por la que cae el Padre Karras. Y poco después, tras el fallecimiento de Blatty, Friedkin se refirió a él como su “querido amigo y hermano”.

Volviendo a nuestra película, el merecido Oscar de sonido para Robert Knudson y Chris Newman tampoco fue casual. Friedkin quería que la voz del demonio estuviera inspirada en las pinturas de Jheronimus Bosch “El Bosco”. Para ello Chris grabó la voz de Linda Blair y trabajó con ella durante más de ciento cincuenta horas para conseguir el efecto de cuatro voces. Pero para su desgracia al director no le gustó el resultado y directamente lo rechazó. Él quería que la voz tuviese características de hombre y de mujer, por lo que contrató a Mercedes McCambridge, actriz de cintas tan conocidas como Johnny Guitar, Gigante o De repente, el último verano. Le hizo forzar la voz al máximo, maltratando literalmente su garganta, pero consiguió que aparecieran sonidos sibilantes, duplicados, asemejando el habla de una persona con varios demonios. Durante más de tres meses se trabajó concienzudamente el sonido uniéndole distintos ruidos: perros que se encuentran y se amenazan (como curiosamente empieza la película en la excavación de Iraq), un enjambre de abejas en un tarro, ratas corriendo arañando el suelo, uñas postizas que raspan…

En el aspecto musical ocurrió otro tanto. Inicialmente se le pidió a Lalo Schifirin que escribiera la partitura y para ello empleó toda una orquesta, pero tras escucharla Friedkin los despidió con cajas destempladas, sin importarle en absoluto el trabajo realizado. Finalmente escogió al británico Mike Oldfield y sus famosas Campanas tubulares [Tubular bells].

El maquillaje corrió a cargo de DIck Smith quien se enfrentó al desafío de convertir una adorable niña de doce años en un demonio aterrador. Linda Blair le recuerda con agradecimiento, pero es difícil que olvide las cuatro horas mínimas necesarias para conseguir la transformación: moldes de la lengua, distintos tipos de lentillas, lesiones ficticias en la piel…  Y eso que para alguna de las escenas más duras tuvo la colaboración de una doble, pues debido a su edad algunos temas escabrosos superaban su infantil comprensión.

Los efectos especiales corrieron a cargo del especialista Marcel Vercoutere, quien hizo lo que pudo encontrando soluciones artesanales en una época alejada de las facilidades tecnológicas actuales. Montó una habitación sobre ruedas para lograr un efecto balanceante, hizo tres camas distintas para diferentes acciones, incluso forró con goma los noventa y siete escalones de la escalera de la calle Prospect para que se pudiera rodar por ellos. La primera vez que los vio Miller pensó que era algo imposible de hacer y, para su desgracia, lo tuvo que repetir dos veces. Tanta era la expectación que un avispado joven emprendedor llegó a vender entradas al público asistente al rodaje.

La película comenzó a grabarse el 14 de agosto de 1972 y podemos decir que fue cualquier cosa antes que un trabajo tranquilo. Al poco de iniciarse el rodaje hubo un incendio en el decorado que representaba la habitación de Regan cuando el estudio estaba cerrado. Este incidente que nunca se llegó a aclarar motivó que la grabación se retrasara más de un mes. Otros accidentes más triviales se fueron sucediendo como caídas de focos, se estropeaban cintas con escenas ya filmadas…

Jason Miller cuenta una curiosa historia. Mientras estudiaba el papel del guion se le acercó un sacerdote ya viejo y le entregó una medalla de plata diciéndole que era una costumbre que venía desde el siglo XV y le advirtió que: “Cualquier cosa que hagas contra el demonio va a enfrentarse contigo para que no le desenmascares, ten mucho cuidado de protegerte”. Sorprendido por la situación no le dio más importancia hasta que a los tres días, paseando casualmente se encontró en un tanatorio un ataúd en el que estaba el anciano sacerdote ya fallecido.

Pero no fue éste el único fallecimiento. Hasta siete muertes directas o indirectas se fueron sucediendo. Al poco de iniciar el rodaje fallecieron un hermano de Max Von Sydow y el abuelo de Linda Blair. Uno de los técnicos de refrigeración murió asesinado, otro de los vigilantes del estudio apareció muerto y, desgraciadamente también falleció el bebé de uno de los cámaras. Y también dos de los actores fallecieron durante el rodaje: el actor irlandés Jack MacGowran y la actriz griega Vasiliki Maliaros. Y hasta el hijo de Jason Miller se estrelló con la moto, pero afortunadamente en este caso pudo sobrevivir.

Y si prolongamos el seguimiento a los años siguientes uno de los extras, Paul Bateson, técnico de rayos, en 1979 fue condenado por el asesinato de un crítico de cine y era sospechoso de otras seis muertes. Y en 1987 el hijo de Mercedes McCambridge asesinó a su mujer y a sus hijos antes de suicidarse.

Con todo este ambiente, no es extraño que Ellen Burstyn dijera que no seguiría filmando hasta que le quitaran de su papel la frase en la que decía que creía en el diablo, y así se hizo. La situación llegó al punto en que al padre Thomas Berningham —que acudía como asesor para evitar “fallos” como había sucedido en La semilla del diablo (1969) de Roman Polanski— le pidieron que realizara allí mismo un exorcismo, pero él prudentemente prefirió realizar una bendición para todo el personal.

1.6  La tarea

Y llegamos así a la tarea que me ha sido encomendada, ¿qué puede decir un psiquiatra de El exorcista? ¿Es posible una visión psicoterapéutica en una historia tan truculenta? ¿Hay algo que aportar para sentirse mejor con uno mismo y, en consecuencia, con los demás?

Pues aquí es donde empiezan mis problemas…

Para aquellos que se consideran agnósticos, escépticos o simplemente ateos, quizá no haya una diferencia significativa entre hablar de Mr. Hyde, el Fantasma de la Ópera, Sauron o Satán; pero para otros muchos que se definen como creyentes, religiosos o con una visión trascendental de la vida, la diferencia es muy clara. Los primeros personajes son meros productos de la fantasía, seres imaginarios, mientras que el último citado existe, es un ser tan real como el coronavirus, pero para nuestra desgracia muchísimo más dañino y maligno.

La película de El Exorcista entra de lleno en el tema de las creencias personales y para cualquier psicoterapeuta en formación uno de los primeros aprendizajes debe ser respetar las creencias personales del paciente, evitando siempre imponerle las propias.

Existen otros ámbitos relacionales en los que es lícito intercambiar opiniones, alumbrar nuevas perspectivas y compartir aquello que consideramos importante en nuestra vida. Eso será posible una vez que la persona esté recuperada y en situación de igualdad, no mientras se encuentra necesitada de ayuda y deposita la confianza en nuestro saber hacer. El reconocimiento de la asimetría relacional que existe entre el paciente y el profesional —en el momento de la consulta y durante todo el proceso psicoterapéutico— ayuda a mantener el respeto y a centrarse en la tarea que nos compete: colaborar en que la persona recobre su equilibrio y salud mentales. ¿Entienden ahora, queridos lectores, cuál es la mayor dificultad en esta XXI Semana Internacional?

Debemos hablar de la lucha contra un ser que para algunos es como un habitante de la luna, mera fantasía, mientras que para otros se encuentra relacionado con las creencias que le sostienen y fundamentan su existencia.

Por poner un símil deportivo, para cualquier locutor resulta complicado radiar un partido Betis-Sevilla que guste por igual a los aficionados de cada equipo. Lo más probable, si es ecuánime, es que ninguno de los dos equipos acabe totalmente satisfecho con la retransmisión.

Es por esto que utilizaremos un recurso que los compañeros psicoanalistas denominarían una solución de compromiso: dividiremos el capítulo en dos apartados y que cada cual escoja el que prefiera. El primero de ellos será para los amantes del cine que se consideren cercanos al Equipo de los agnósticos, donde englobaremos aquellos que prefieren centrarse sólo en lo tangible y evidente; y el segundo estará constituido por los amantes del cine del Equipo de los creyentes, los que se identifican con una visión trascendental de la vida y perciben más allá de lo meramente visible.

2.    PARA LOS AMANTES DEL CINE QUE SE CONSIDERAN AGNÓSTICOS

“Para que triunfe el mal sólo es necesario que los buenos no hagan nada”

Edmund Burke (1729-1727)

 

2.1  Concepto

En este apartado consideraremos sólo hechos, entendiendo que el rito del exorcismo es la representación de una lucha entre dos fuerzas antagónicas, en la que el demonio juega el papel de símbolo del mal. Es decir, no es más que una construcción mental con la misma realidad que la ambrosía, ese alimento exquisito de dioses imaginarios, un manjar delicioso, pero que todos conocemos carece de existencia real.

Para ver su origen de este símbolo debemos remontarnos al libro más leído del mundo: la Biblia. En el Antiguo Testamento hay una figura que se opone a los planes de Dios y lucha para hacer que Adán y Eva le desobedezcan. Es la serpiente antigua llamada “Satanás”, proveniente del latín “Satāna”, voz derivada a su vez del hebreo “Satán, que quiere decir, “Oponente”, y éste del arameo “Shatán”, “Enemigo” o “Adversario”.

En el griego bizantino se transformó en διάβολος [diábolos], formada del prefijo διά (dia: a través de, que se atraviesa) y βάλλειν (ballein: tirar, arrojar). Expresa la idea de «Tirar mentiras«, “Arrojar unas personas contra otras”. De ahí el nombre de “El calumniador”, “El que divide”, y que en el latín tardío se tradujo como “Diabŏlus”, llegando finalmente a nuestro idioma como “Diablo”.

La palabra “Demonio” también tiene largo recorrido. Procede del griego δαιμονιον [daimon], un genio o ser sobrenatural que no es humano y puede ser bueno o malo. Para el poeta Hesiodo en el siglo VIII a.C. los demonios eran almas en pena comprometidas en el cuidado de los vivientes. Sólo en el siglo IV, cuando Jerónimo de Estridón realizó la traducción de la biblia del latín clásico al vulgar —conocida como la Vulgata—, se usó la palabra daemonium que con el tiempo evolucionó al castellano como “Demonio”.

Y si consideramos que es un símbolo del mal, ¿se refiere a un personaje en concreto o a muchos?  Para responder a esta cuestión debemos hacer una exégesis bíblica. Luzbel o Lucifer, el portador de la luz, era considerado uno de los ángeles más bellos, pero su soberbia le perdió. Según la Biblia (Apocalipsis 12:4) fue el líder de una rebelión contra Dios y arrastró con él un tercio de seguidores angélicos. Vencido por el Arcángel Miguel, sufrió el castigo de ser desterrado al infierno. Desde allí ha recibido muchos otros nombres: Príncipe de las tinieblas, Padre de la mentira, Homicida desde el principio, Tentador, Belcebú (derivado de Baal Zebub, “el Señor de las moscas”), Belial, Serpiente antigua o, como anteriormente recordábamos, el impresionante Dragón rojo.

Hay otra multitud de nombres que se le achacan a él o alguno de sus malvados lugartenientes: Baphomet, Asmodeo, Samael, Leviatán, Azazel, Belfegor, Lilith, Mammón, Astaroth, Sidragaso, Paimon, Agares, Ammón, Jaldabaoth o, también, el sumerio Pazuzu, cruel adversario de nuestra historia.

Es decir, bien sea un único personaje o bien cualquiera de los integrantes de su legión de secuaces, el objetivo de este símbolo del Mal es enfrentarse al Bien, simbolizado por Dios. Es la representación de una lucha eterna en la que está en juego la salud física y mental de los combatientes.

 

2.2  Trastornos

En este apartado damos sólo hechos comprobados, objetivos, evitando confundirlos con interpretaciones, subjetivas. Por eso, lo primero que debo advertir es que durante más de treinta años de profesión no he encontrado ni un solo caso de posesión demoníaca, o al menos no ha habido ninguno que yo haya identificado como tal.

Sí, en cambio, he conocido personas que se han creído víctimas de males de ojo, encantamientos y hasta de tener el demonio en su interior, pero para todas ellas había distintas posibilidades diagnósticas incluidas en las clasificaciones psiquiátricas vigentes en la actualidad:

  • Es decir, puede encontrarse a alguien que se cree poseído por una fuerza maligna cuando lo que en realidad sucede es que está sufriendo un Trastorno Mental Orgánico. Éste puede ser un cuadro confusional agudo, lo que se denomina un Delirium, o bien crónico, la llamada Demencia. Para explicarlo pongamos un ejemplo, sabiendo que los ejemplos no deben tomarse de forma literal. Si decimos que los movimientos de las estrellas están determinados como las bolas de billar cuando son golpeadas sobre el tapete por el taco, a nadie se le ocurrirá pensar que el firmamento es “realmente” una mesa de billar. En nuestro modelo el cerebro es un ordenador que con el tiempo empieza a tener fallos en su funcionamiento, por lo que mezcla recuerdos con imaginaciones, fantasías con vivencias o temores con sensaciones. Cuando “la maquinaria” empieza a fallar puede ser expresado como en aquel Capricho de Goya: “El sueño de la razón produce monstruos”

Dentro de este grupo podríamos incluir también aquellos casos en los que se ha producido directamente una lesión neuronal. Por ejemplo, los pacientes que han sufrido una lesión del cuerpo calloso, la estructura formada por millones de axones neuronales que unen ambos hemisferios cerebrales. En estas personas lo que perciben sólo con un ojo, pueden no ser capaces de recordarlo conscientemente; o puede ocurrir que con un brazo estén intentando vestirse, mientras que con el otro se desnudan, como si hubiera otra persona en su interior. La película Despertares (1991) de Penny Marshall con Robin Williams, Robert de Niro y Julie Kavner, está basada en la novela de igual nombre del neurólogo Oliver Sacks y es un ejemplo perfecto de cómo un trastorno orgánico altera la conducta de quien lo padece.

  • Otro grupo de pacientes que pueden creerse falsamente poseídos, frecuente entre los más jóvenes, son los Trastornos Mentales por el uso de Sustancias y Tóxicos. Se ataca al sistema nervioso central como en el caso anterior, pero el causante del deterioro es una sustancia tóxica. Los consumidores habituales de cocaína, psicótropos, alucinógenos, drogas psicodislépticas, cannabis, alcohol, si tienen alguna idea religiosa previa puedan presentarlo. Muchas son las películas que aquí podrían citarse, pero valga como muestra de estos trastornos (aunque sea sin delirios) la ganadora de un Oscar al mejor guión original Pulp fiction (1994) de Quentin Tarantino y los problemas que deben enfrentar John Travolta cuando a Uma Thurman sufre una sobredosis.
  • Un tercer grupo es el constituido por los Trastornos Psicóticos, el primero en el que suelen pensar la mayoría al encontrarse con una persona que dice estar poseída. En los chistes de manicomios siempre había uno que decía ser Napoleón, pero hoy en día es mucho más fácil que quien sufre este tipo de trastornos diga que es un extraterrestre, que le han implantado un chip en su cabeza o que tiene el demonio en su interior.

Este grupo de trastornos va desde los Trastornos Psicóticos Agudos a la Esquizofrenia, y para ver distintos aspectos de ésta última pueden revisar en su filmoteca Una mente maravillosa (2001) de Ron Howard con el siempre convincente Russell Crowe como el matemático John Forbes Nash; Cisne negro (2010) de Darren Aonofsky con la que Natalie Portman consiguió al año siguiente el Oscar a la mejor actriz; o la sorprendente El club de la lucha (1999) de David Fincher con Edward Norton y Brad Pitt en los papeles principales.

Recordemos que el nombre de “esquizofrenia” significa etimológicamente “mente dividida”, y es que en ella nuestro circuito cerebral pierde la capacidad de mantenerse unido, por lo que aparecen distintos “subcircuitos” que actúan de manera independiente y normalmente enfrentada. Así la persona dice que: “oigo voces en mi cabeza” y éstas suelen ser acusadoras, burlonas, denigradoras… O también puede quejarse de que: “Mi cabeza piensa sola”, “Hay alguien en mi interior” y “Están controlando mis pensamientos”. Es posible en estos casos que, si la persona cree en la existencia del demonio, a los trastornos sensoperceptivos se les sume la idea delirante de que está poseído por él.

Este grupo incluye los Trastornos de Ideas Delirantes Persistentes antes conocidos como Paranoia, que cuando el delirio es compartido por otra persona se denomina Locura de dos, la clásica Follie a Deux. Dos personas colaboran, reforzándose mutuamente dichas creencias.

  • Los llamados Trastornos Afectivos o del humor son también un campo abonado para las falsas posesiones. En un Episodio Depresivo Grave la persona presenta un sentimiento de culpa tan intenso que puede considerarse culpable del mal del mundo, sentirse un monstruo, encontrarse “vacío” o, en el caso que nos ocupa, creerse poseído por una entidad demoníaca. En la otra cara de un Trastorno Bipolar, si el paciente se encuentra inmerso en una fase de Manía puede sentir que posee poderes ilimitados o que está en contacto directo con la divinidad. Podemos ejemplificar este trastorno con la película de Mike Figgis titulada Jones (1993) protagonizada por Richard Gere
  • Los Trastornos de Ansiedad o Neuróticos son muy empleados en el cine y la literatura en los casos llamados de Personalidad Múltiple, con la ventaja —a diferencia de los cuadros psicóticos— de que la ruptura de la unicidad personal es más fácilmente reversible y recuperable. Recordemos éxitos como Las tres caras de Eva (1957) de Nunnally Johnson con Lee J. Cobb y Joanne Woodward, actuación que le valió el Oscar a la mejor actriz; o la más reciente Múltiple (2017) de Night Shyamalan con un espectacular James McAvoy que desempeña hasta veinticuatro personajes distintos.

En este grupo la persona puede más fácilmente “ver” al demonio que en la Esquizofrenia, en donde lo más frecuente es “oírlo”, aunque en alguna de las películas citadas —sólo como recurso cinematográfico— el paciente padece alucinaciones visuales.

Por ello, si encontramos a alguien que lleva una vida normal y sin haber consumido tóxicos dice que ve al demonio o actúa como poseído por él, tiene altas posibilidades de padecer un cuadro de estos llamados neuróticos, que también incluye los Ataques de pánico, Episodios Disociativos o alteraciones de funciones básicas como en los Trastornos del Sueño o de la Alimentación.

  • Puede encontrarse también algún cuadro de falsa posesión en la evolución tórpida de los Trastornos de Personalidad, especialmente en el caso de los Trastornos Límite, Paranoide, Esquizoide, incluso en los Trastornos Dependiente y Antisocial de la Personalidad, sobre el que se añaden cualquiera de los cuadros anteriormente citados. A modo de ejemplo de este último trastorno puede citarse American Psyho (2000) de Mary Harron con Christian Bale como el psicópata Patrick Bateman.
  • ¿Y queda algún otro caso que pueda ser responsable de algún caso de falsa posesión demoníaca? Seguro que sí. Por ejemplo, aquellos adultos con un Trastorno Mental por Déficit Cognitivo, al poseer un cociente intelectual por debajo de la normalidad son más fácilmente influenciables. Recordemos —sin que sea una posesión demoníaca— cómo puede cambiarse la personalidad de alguien con el dramático final del soldado Patoso, interpretado por

Vincent D’Onofrio, en la dura película de Kubrick titulada La chaqueta metálica (1987).

Pero también debe señalarse que los niños sanos, por su gran capacidad para la fantasía y la sugestión, cuando el entorno lo favorece pueden acabar presentando graves trastornos en esta dirección. Antes hemos recordado como el nombre de Belcebú deriva de Baal Zebub, “el Señor de las moscas”, y los lectores pueden recordar las películas de 1963 y 1990 o la novela homónima que las originó de William Golding, premio Nobel de Literatura 1983, en el que un grupo de niños naufraga en una isla desierta sin ningún adulto superviviente. Los niños, todos sanos inicialmente, construyen una sociedad en la que se termina por adorar al “Señor de las moscas” —de ahí el título de la obra—, un ser maléfico que debe ser satisfecho con sacrificios humanos.

Recordemos que esto era también algo habitual en las culturas precolombinas para aplacar a sus sanguinarios dioses antes de la llegada de los españoles, como la película Apocalypto (2006) de Mel Gibson reflejó con una fotografía y ambientación admirablemente conseguidas.

Y, por concluir este apartado, reitero que hasta la fecha lo único que he encontrado son pacientes que han padecido uno o varios de los cuadros de los aquí citados.

 

3.    PARA LOS AMANTES DEL CINE QUE SE CONSIDERAN CREYENTES

“El diablo […], espíritu orgulloso […] no puede aguantar que se mofen de él”

Tomás Moro (1478-1535)

La frase del santo inglés, consejero de Enrique VIII, patrono del buen humor y de los políticos, que pagó con su vida la lealtad a la Iglesia Católica, está tomada del libro Cartas del diablo a su sobrino, escrito por Clive Staples Lewis durante la Segunda Guerra Mundial y de lectura altamente recomendable para cualquier periodo vacacional. Ambos ilustres británicos nos ofrecen la justificación para tratar de un personaje tan deleznable como el demonio; nunca para hablar de él por placer, sino para aprender a combatirlo y, ya de paso, escarnecerlo. El salir del miedo, del bloqueo ante una situación y ser capaz de reírse de ella es signo inequívoco de que hemos empezado a superarla.

Aclaremos que lo que sigue a continuación son opiniones por lo que, si alguna crease algún tipo de conflicto con lo que el credo católico sostiene, es claro que el lector creyente debe ceñirse a éste. Y dicho esto, volvamos a nuestra película.

El exorcista para un creyente no es una historia de terror sin más, pues nos enfrenta a la realidad del demonio; pero eso no significa que tengamos que vivir atemorizados por él, sino que debe motivarnos para aprender cómo evitarlo y combatirlo mejor. Algo parecido a lo que ocurre con el coronavirus, una vez conocida su existencia debemos saber cómo evitarlo, llevando nuestra vida con normalidad, siempre con las precauciones pertinentes para que no nos contagie.

Para ello es muy útil recordar que el diablo sólo es una simple criatura. Quiere asustarnos para que le veamos como si fuese un verdadero dios del mal. Está tan pagado de sí mismo que se creyó con derecho de desafiar a su Creador, pensando que podría superarle. Como vemos a pesar de su indudable inteligencia, al final es más tonto que aquél que decía “Papá ¿dónde estamos?”, mientras tiraban los penaltis tras acabar la prórroga en empate.

Además, es un ser tremendamente envidioso, por eso no soportaba la eternidad sabiendo que Dios le supera. Y lo que le hizo perder los papeles completamente fue cuando puso a la Humanidad también por encima de él. De ahí el odio perpetuo que nos tiene. Quiere destrozar la “imagen de Dios” que somos cada uno de nosotros, y se siente especialmente humillado y acobardado por otra criatura en la que Dios se complace especialmente: la Virgen María Es como en aquella historia de dos vecinos que no se soportaban y un genio bueno les dio la oportunidad de reconciliarse, concediéndoles un deseo a cada uno con la única condición de que, para hacer las paces, del regalo que pidieran el otro recibiría el doble. Satisfecho con su idea, les comunicó el plan con ilusión, pero toda su alegría desapareció cuando con el primero que hablo le dijo sin dudar: “¡Estupendo, arráncame un ojo!”.

También en este caso el ojo se lo ha saltado el mismo demonio.

Pero, aunque se haya quedado “tuerto”, quiere morir matando, sigue haciendo daño sin querer reconocer que ha perdido la batalla. Le ocurre como al rabo de una lagartija que su dueña deja atrás mientras ella escapa. Sigue moviéndose descontrolado, pero ya nunca más crecerá y al final se detendrá, quedando inútil, olvidado para siempre.

Y mientras llega ese momento no podemos descuidarnos. Debemos tenerle el mismo respeto que a una fiera salvaje, una alimaña venenosa o un microorganismo patógeno. Es decir, respeto sí, miedo no. El diablo es como un perro rabioso encadenado, si nos mantenemos a una distancia prudencial nunca podrá hacernos daño, estaremos a salvo. Pero si nos acercamos inadvertidamente o atraídos por su aspecto inofensivo, si empezamos a “jugar” con él, entonces sí que es realmente peligroso. Pensemos que si Eva hubiera evitado conversar con él la cantidad de problemas que nos hubiésemos ahorrado.

En nuestra película antes de entrar en la habitación de Regan el veterano padre Merrin advierte al inexperto padre Karras que se prepare para no hacerle caso:

“Evite el diálogo con el demonio, es un mentiroso, mentirá para confundirnos, mezclará mentiras con verdades para confundirnos… No lo escuche.”

Sabio consejo fruto de la experiencia, no hay peores mentiras que las verdades a medias. Así también le advierte del objetivo de El Mentiroso:

“Intenta que nos desesperemos, que nos veamos como animales horribles que rechacemos la posibilidad de que Dios pueda amarnos…”

Como creyentes sabemos a Quién debemos creer y en Quien podemos confiar. Si seguimos hasta el final las indicaciones y el ejemplo de Cristo tenemos la Salvación asegurada. Y volviendo al tema de nuestra película, ¿existen realmente las posesiones demoníacas?

Ya he repetido que durante mi experiencia como psiquiatra jamás me he encontrado —afortunadamente— con ninguna, pero eso no quiere decir nada. Les doy mi palabra de honor que tampoco me he encontrado nunca con un ornitorrinco y estamos todos de acuerdo en que sí existe.

Quizás haya que aclarar que creer en el demonio no es pensar en una criatura parecida a un fauno con rabo, cuernos y tridente. Eso es fruto de la representación artística y de circunstancias culturales que se han sucedido a lo largo de los siglos. Sí se puede creer en la existencia de un ser malvado y rabioso cuyo tiempo se va acabando, y que tiene un único objetivo: arrastrar en su caída al infierno cuanta más compañía mejor.

¿Y por qué debe creer esto un católico? Pues porque es el mismo Jesús en los Evangelios quien habla del infierno —cuyo nombre proviene del latín inférnum o ínferus, que significa “por debajo de, lugar inferior”— hasta en quince ocasiones. Pero se entiende éste, no como un lugar oscuro al que un ser arbitrario nos castiga y condena por cualquier mínima falta cometida, sino como un estado del alma, consecuencia de una elección libre y voluntaria, que prefiere alejarse de Dios y seguir los mentirosos consejos del ser envidioso al que llamamos demonio.

Por tanto, admitimos que el infierno eterno existe, pero sinceramente no creo que sea para ninguno de mis amigos lectores y espero que tampoco para mí. Esta situación del alma se reserva para aquellos que consciente y tozudamente deciden rechazar hasta el final la propuesta de un Dios que es puro amor; es para los que eligen creer las falsedades de El Príncipe de este mundo. Por eso es importante recordar la verdad de su existencia para no olvidarle, y lo encontramos citado treinta y seis veces en las páginas de la Biblia como Satanás, y otras treinta y tres como Diablo.

En mi opinión, hoy día no encontramos tantas posesiones demoniacas porque admitirlas obligaría también a aceptar la existencia de Dios, y parece que el diablo tiene como principal objetivo que no reconozcamos su presencia y así, sobre todo, olvidemos la de Dios. Recordemos a este respecto la campaña del autobús ateo en el año 2009, patrocinado entre otros por el autor del libro El gen egoísta, el biólogo británico Richard Dawkins: “Probablemente Dios no existe. No te preocupes y disfruta la vida”. Sin comentarios.

El ser humano está creado para el bien, y la tarea del demonio no es otra que confundirnos presentando el mal bajo la apariencia de bien. Recordemos como engatusó a Eva con la fruta prohibida haciéndola aparecer apetecible para que, comiendo de ella, desobedeciera a Dios. Éste es el principal motivo por el que actualmente se oculta y no sale a la luz pública. Prefiere actuar como un depredador que se esconde camuflado con el paisaje para acercarse a su víctima sin ser detectado y atraparla cómodamente.

Más que la aparición pública en una posesión elige actuar en la sombra, haciendo que la Humanidad olvide su existencia, lo que le da un plus de efectividad. No trabaja de forma abierta, sino que su persecución es indirecta, para así hacerse con la víctima cuando está inadvertida. Podemos recordar el papel que realiza en las sombras y que está hábilmente representado en la película La pasión de Mel Gibson con Jim Caviezel como Jesús. Es inolvidable cómo plasma las mentiras de El Calumniador cuando el diablo pasea con “un niño” en brazos, escogiendo para la escena a Rosalinda Celentano (hija del conocido cantante italiano Adriano Celentano) que realmente cargaba con un enano. Mentira sobre mentira.

El Homicida desde el inicio es astuto, paciente, calculador, pero como simple criatura no es todopoderoso, ni tan siquiera es capaz de leernos el pensamiento, no puede entrar en él a menos que, al igual que los vampiros en las casas, nosotros mismo le invitemos. Sí que es cierto que al carecer de cuerpo material no necesita dormir, y puede dedicar mucho tiempo para observarnos, conocer nuestras debilidades y ofrecernos su regalo envenenado como si de algo maravilloso se tratara.

Es decir, parece que, en la actualidad, en vez de hacer la aparición estelar de una posesión, prefiere conducirnos manera sibilina hasta su trampa.  Y, ¿cuáles son esos otros medios que utiliza en tan artera faena?

Vaya por delante que cuando una persona enferma no lo elige de manera voluntaria ni siquiera consciente, pero aquí ocurre lo mismo que cuando alguien bebe alcohol y conduce. No es que quiera tener un accidente, pero es evidente que está comprando papeletas para sufrirlo. Recordemos al respecto que en la vida civil el estado de intoxicación puede ser un eximente, pero en el ambiente militar se considera un agravante pues la persona sabía de antemano los riesgos de intoxicarse. Así, hay determinadas actitudes o emociones que colaboran con el demonio para alejarnos de Dios y, al mismo tiempo, favorecen la aparición de un trastorno mental.

  • El pasado 24 de marzo el Papa Francisco advertía en la homilía en la Casa de Santa Marta que: “La tristeza es la semilla del diablo”. Su objetivo es aniquilar la vida espiritual, y a través de la acedia nos convence de que no merecemos la felicidad de estar con Dios en esta vida ni en la otra. Dos películas muy distintas pueden ilustrar este camino, una con un final por desgracia muy real: Las horas (2002) del británico Stephen Daldry, con Meryl Streep, Julianne Moore y una casi irreconocible Nicole Kidman como Virginia Woolf, que le valió a ésta última el Oscar, el BAFTA, el Globo de Oro y el Oso de Plata a la mejor actriz. En la historia se entremezclan las vidas de tres mujeres con el triste final de la escritora en el río Ouse. La otra película que aquí recordamos es la ilusionante ¡Qué bello es vivir! (1948) de Frank Kapra con James Stewart y Donna Reed, que transmite un canto a la esperanza para superar —con la ayuda divina, claro— las ideas de suicidio en la depresión.
  • Pero no es el único ardid que emplea en su incansable persecución del alma humana. Junto a la tristeza que puede llevarnos a buscar sustitutos en un tóxico, conducirnos a un episodio depresivo o intentar la huida a través de la muerte, también utiliza frecuentemente el miedo. Hay miedos humanos universales que todos padecemos y conocidos por cualquier psicoanalista que se precie. En el desarrollo evolutivo del bebé van apareciendo sucesivamente el miedo al abandono, al castigo, a la castración (sentirnos inferiores y que nos ridiculicen frente a los demás) y a la retirada del amor (que no nos quieran). Estos miedos llevan a la desesperanza y constituyen un fértil caldo de cultivo para diferentes trastornos. El miedo al abandono nos hace buscar escape en relaciones personales de dependencia o en utilizar los tóxicos como sustituto. El miedo al castigo nos hace también ser dependientes, avaros, sentirnos en un permanente estado de ansiedad y a realizar acciones que sabemos inadecuadas. El miedo al ridículo impide que elijamos libremente y, para no ser tachados de “raros”, aceptemos en ocasiones lo inaceptable. Y el miedo a no ser amados hace olvidar nuestra propia dignidad de personas y mendigar una muestra de afecto espúrea a cualquier coste psíquico y espiritual. Una buena película para observar el desarrollo de la personalidad en los jóvenes y la gran influencia —positiva o negativa— que un adulto puede tener en ellos es El club de los poetas muertos (1989) de Peter Weir con el malogrado Robin Williams en el papel del profesor John Keating. Esta película tiene para mí un especial significado pues la vi en tres países (Canadá, Italia y España), tres idiomas y tres circunstancias distintas de mi vida, lo cual hace que pierda la objetividad y aumente mi aprecio por ella.
  • Otro recurso en el que el demonio es especialista por su propia experiencia es la soberbia. Podemos encontrarla diseminada en cualquier trastorno, pero desde luego hay uno en el que constituye, sin duda, su fundamento: el Trastorno Narcisista de la Personalidad. Por si alguien tiene dudas de esto le recomendamos la película Pactar con el diablo (1997) de Taylor Hackford con Keanu Reeves, y un demoníaco Al Pacino que reconoce sin ambages que éste es su pecado favorito.
  • Una nueva forma de conducir la víctima hacia su trampa es la avaricia, por la que queremos controlar y poseer cuanto más mejor. Es un camino seguro hacia el Trastorno Anancástico de la Personalidad o al Trastorno Obsesivo-Compulsivo. Podemos Recordar aquí el Cuento de Navidad (1843) de Charles Dickens en cualquiera de sus versiones cinematográficas. Pero, siendo puristas, deberíamos reconocer que en la base de la avaricia encontraremos la inseguridad y falta de confianza en uno mismo, pues eso es precisamente lo que intenta ocultar con posesiones materiales. Como ejemplo de un trastorno de estas características merece la pena recordar el filme de James L. Brooks Mejor imposible (1997) por el que Jack Nicholson y Helen Hunt consiguieron los Oscar al mejor actor y mejor actriz respectivamente. Y también merece la pena recordar a este actor representando a la versión seductora del diablo en Las brujas de Eastwick (1987) de John Updike con el impresionante trío de Cher, Susan Sarandon y Michelle Pfeifer.
  • Y si seguimos con medios indirectos encontraremos a la lujuria, en el que la persona es esclava del capricho y del sexo, Si no se controla, conduce de forma segura a la adicción a la pornografía o al sexo, en forma de ninfomanía (mujeres) o satiriasis (hombres). Hay una tórrida escena sexual en El corazón del ángel (1987) del británico Alan Parker con Mickey Rourke, Robert de Niro, Charlotte Rampling y Lisa Bonet, obteniendo esta última el Oscar a la mejor actriz de reparto. En esta angustiosa película puede reconocerse lo sibilino de la actuación del demonio y su incansable paciencia en pos de su presa.
  • Otro camino diabólico hacia la perdición y la patología es la ira, protagonista indiscutible del Trastorno de Inestabilidad Emocional de la Personalidad en sus dos tipos Límite e Impulsivo. La película Inocencia interrumpida (1999) de James Mengold con Winona Ryder como protagonista, refleja las dificultades que produce este trastorno y su relación con las vivencias sufridas por quien lo padece.
  • También la gula y la vanidad por excesivo culto a nuestra imagen personal, junto con el sentimiento de no sentirse querido, confluyen en la formación de Trastornos de Conducta Alimentaria tales como la Bulimia o la Anorexia Nerviosa. Quizás valga aquí la pena recordar como Walt Disney en la película de Peter Pan (1954), refleja que Campanilla empieza a preocuparse por su imagen corporal y sentir que sus caderas son demasiado gordas justo cuando Peter Pan la deja de lado para irse con Wendy.
  • La envidia es un camino hacia los Trastornos paranoides, sea el Trastorno Paranoide de la personalidad, el ya citado Trastorno por Ideas Delirantes Persistentes o, incluso, la Esquizofrenia Paranoide. Bajemos de nuevo la tensión y pongamos como ejemplo la película Toy Story (1995) de Pixar, en la que un solo y estresado Buzz Light Year sufre una crisis delirante paranoide en la que se siente amenazado por otros juguetes y es atendido durante toda la película por el “terapeuta”
  • Y, ya para terminar, encontramos la pereza, camino diabólico que conduce a padecer la clásica Neurastenia o Fatiga crónica. A propósito, ¿de verdad creen Ud. que debería esforzarme en buscar una película sobre este tema?

 

4.    EPÍLOGO

“Cuando tengo una idea primero la escribo, y luego me pregunto a quien se la robé.”

Donald W. Winnicott (1896-1971)

Y hemos llegado al final de nuestro trabajo. Resulta curioso, como bien nos avisa el ilustre psicoanalista inglés, que las ideas propias que parecen más originales provengan de otras mentes.

En este repaso de El exorcista muchos han sido los colaboradores que con sus obras nos han ayudado. Tanto es así, que el propio título del capítulo tiene una deuda evidente con la película Encontrarás Dragones (2011) de Roland Joffé sobre la vida de Josémaría Escriva. fundador del Opus Dei, con la interpretación de Charlie Cox y Wes Bentley. En ella se aprecia cómo incluso las situaciones y circunstancias más complicadas de nuestra vida puede que en el futuro jueguen para nosotros un papel providencial.

También he de reconocer que el subtítulo se debe a otra persona, al Padre Livio Fanzaga, alma de Radio María en Italia, y su libro Il Falsario. La lotta quotidiana contro Satana (2008) [El Falsario. La lucha cotidiana contra Satanás], en la que este sacerdote radiofónico incide en el hecho de estar prevenidos cada día contra las asechanzas del Maligno.

Muchas obras y películas sobre el tema se han quedado en el tintero, como El príncipe de las tinieblas (1987) de John Carpenter con Donald Pleasance como el Padre Loomis, una historia terrorífica de muy poca consistencia teológica. Y menos todavía tiene Ángeles y demonios (2009) de Ron Howard, con Tom Hanks nuevamente en el papel del Profesor Robert Langdon, basada libremente en la novela de igual título de Dan Brown, autor conocido por su habitual falta de rigor al tratar estos temas.

Mucho más interesante e inquietante es la célebre El resplandor (1980) de Stanley Kubrick, basada en la novela homónima de Stephen King, con Shelley Duval y un demoníaco Jack Nicholson, poseído por el espíritu del hotel en el que trabaja y sus infernales residentes. Recordemos también la película Fallen (1998) de Gregory Hobit con Denzel Washington en singular lucha contra el ángel caído.

Ya para terminar, admitámoslo, no hay otra como nuestra película. Eso a pesar de que con el paso del tiempo puede sorprendernos alguna escena como ver a los médicos fumar en el hospital o algún efecto especial claramente superado hoy en día.

Y ¿qué es lo más importante que nos deja El Exorcista? Pues quizás que es un aviso basado en una historia absolutamente real, pero que tuvo un final feliz. Sólo el tiempo dirá si conoceremos otro caso tan llamativo como éste, ocurrido hace más de setenta años en una ciudad moderna, la capital del país más poderoso del mundo.

Mientras tanto, estemos preparados, mantengámonos firmes para afrontar tentaciones diarias, menos llamativas que una posesión, pero igualmente peligrosas.  Hagamos que venza el Bien ahora y en nuestro mundo, sin desfallecer, conservando la esperanza y el ánimo en esta perpetua batalla, en nuestra lucha cotidiana contra el Mal.

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